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@AnaliaCab 

Y un día, la policía irrumpió en la mansión de Jorge Castillo, el "Rey de La Salada", casi como las fuerzas de seguridad colombianas ingresaron más de una vez en algunos de los muchos domicilios de Pablo Escobar, el zar de la droga.

Castillo es un apasionado fan del hombre que sembró de terror y sangre aquel país, hoy beneficiado por cierta visión romántica de su figura, gracias a ficciones televisivas. Quizá por eso, emulando un destino como el de Gaviria, el empresario de lo trucho creía que su impunidad sería eterna y tal vez ese fue el motivo por el cual abrió fuego cuando entraron las fuerzas policiales a su casa, ya que jamás hubiera imaginado que el día llegaría para él.

La detención de Castillo tiene un impacto mediático importantísimo por su valor simbólico, pero también deja en primer plano una realidad compleja, añosa y de la que casi todos sabían pero pocos hablaban. La Salada, criada al calor de la peor crisis económica que vivió nuestro país al iniciar este siglo, tiene razón de ser porque responde a la necesidad de miles de personas que hace rato se quedaron afuera del "sistema".

Sólo al mencionar el rubro indumentaria, que es el preponderante en la gigantesca feria de la zona sur, no puede soslayarse que los precios de la ropa, sobre todo en Buenos Aires, son ridículamente elevados, injustificados la mayoría de las veces.

Los dueños de los comercios aducen que los impuestos y alquileres les "comen" la ganancia, y de ahí los números que nos posicionan alto en el triste podio de las ciudades más caras del mundo. Presión tributaria, falta de controles a la inmigración, corrupción política y policial, todos ingredientes de un plato que se viene cocinando hace casi dos décadas y que hasta ahora nadie se anima a dar vuelta.

Más allá del espectacular arresto del fundador de La Salada, nos debemos reflexión y acción para que todo esto no quede en un golpe de efecto antes de las elecciones de octubre. Y que las caretas, que se están cayendo por estos días, desparezcan para siempre.